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26 de noviembre de 2011

El éxito más grande de la vida: sacarle las rueditas a la bicicleta

Por Gonzalo Soto de la Cuadra

Lo mejor que ha pasado en mi vida fue sacarle las rueditas a mi bicicleta” dice una divertida canción del programa infantil “31 Minutos”, interpretada por el as de Fredy Turbina, acertando medio a medio en la sensación de libertad y poder que da aprender a pedalear como corresponde, sin la restricción de las pequeñas ruedas unidas a nuestro velocípedo.

Mi experiencia con la bicicleta fue un poco traumática cuando niño. Aprendí a andar a una edad en que mis pares ya tenían años de circo en este cuento y mi madre tenía restringido el perímetro donde podía moverme con mi Bianchi BMX, a causa del temor provocado en mi familia por un lamentable accidente que cobró la vida de un primo, atropellado por un vehículo de la locomoción colectiva mientras andaba en bicicleta.

Mi tardío aprendizaje también menoscabó mi pericia al volante. Son innumerables las ocasiones en que bicicleta y conductor besaron el suelo, ya sea por girar muy rápido en una curva o saltar desde muy alto, tratando de impresionar a mis amigos con alguna hazaña digna de Evel Knievel, antiguo acróbata estadounidense de motocicleta.

En fin. Los años pasaron y mi habilidad con las dos ruedas nunca mejoró. Me casé y al poco tiempo llegó mi primera hija, quien hoy está cerca de cumplir ocho años. Cuando era pequeñita le compramos una hermosa bicicleta roja y blanco con una bocina con forma de elefantito, que hacía girar como endemoniada. Claro, las rueditas adosadas al vehículo le proporcionaban seguridad y de ese modo todo era diversión.

Sin embargo, y como dice el dicho, no hay plazo que no cumpla ni deuda que no se pague. Desde hace un par de veranos, a mi niña comenzó a picarle el bichito por sacarle las rueditas a su bicicleta, lo que inmediatamente me hizo retrotraerme hasta mi propia infancia, cuando mucha gente me ayudó a equilibrar la bicicleta, en medio de sesiones surtidas de porrazos. Con todo eso en cuenta, supe de inmediato que cumplir el deseo de mi hija sería una tarea complicada.

Los primeros intentos no tuvieron buenos resultados y supongo que a muchos papás les pasa igual. Ella no quería que yo soltara la bicicleta mientras avanzaba y me tocaba correr largos tramos sujetando el asiento de la bicicleta, con la lengua afuera y bajo un abrumador sol. Su padre estaba a su lado, acompañándola, pero no había caso, pues ella no lograba mantenerse sobre la pequeña bicicleta, por lo que mi temor a soltarla aumentaba a cada rato.

Algo similar ocurrió el verano pasado y poco a poco me embargó el miedo de que no aprendiera a andar en bicicleta o recién pudiera dominar el rodado ya muy crecidita, como me pasó a mí.

Quizás muchos pensarán que soy muy exagerado, que no es tan importante andar en bicicleta. Puede que para un adulto no lo sea, pero para un niño es parte de todo un universo de aventuras, amistad y buen ejercicio. Reconozcamos que en un país donde tenemos una alta tasa de obesidad infantil, la bicicleta es un gran recurso para combatir el sedentarismo y la gordura.

Hace un par de semanas comenzó a mejorar el clima y las precipitaciones y el frío se hicieron a un lado, dando paso a tibias tardes primaverales. El reto de vencer a la bicicleta –o el miedo a ella- regresó y esta vez había que ganar la batalla y, finalmente, la guerra contra las rueditas.

El inicio fue más o menos similar al de años anteriores, pero esta vez se notó una mejora en la conducción. Igual hubo momentos de frustración, pero el gran día se estaba acercando, lo presentía. La semana pasada salimos a intentarlo de nuevo. Le di algunas instrucciones previas que ella, obviamente, no quería escuchar, pues sólo quería intentarlo a su modo.

―OK, hazlo― asentí con el estómago apretado… y lo logró.

Por largos tramos logró avanzar sin problemas y aunque todavía le costaba controlar el volante y tuvo más de alguna caída, ya dominaba el arte del pedaleo. Ayer salió de nuevo con la bicicleta y parece que durante la semana que no la tocó, su cuerpo absorbió lo aprendido y se largó de una sola vez.

Mientras escribo estas palabras, ella pedalea feliz junto a sus amigas del barrio, gozando de su pequeña victoria, mientras su padre tiene el pecho hinchado de orgullo por colaborar con este éxito, posiblemente, imborrable en su memoria.

Es seguro que la Navidad traerá una bicicleta más grande y nueva y la pequeña roja y blanco con bocina de elefantito quedará guardada por un tiempo para mi hija menor, esperando que vuelva a colocarle las rueditas y el ciclo comience una vez más.

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